Archivos de
octubre de 2004
31 de octubre de 2004
Ciertas preocupaciones me impiden conciliar el sueño.
Son simples inquietudes megalómanas que ansían un futuro libre de apariencias y dineros a espuertas como pasaporte para el reconocimiento.
¿Acaso pudo Andy Warhol imaginar su terrible contribución al teatro de las vanidades cuando le dió por rentabilizar las deyecciones de su tiempo en nombre del arte, cual Jordi Labanda actual?
Tal vez sí, por algo se hizo rico.
Me pregunto el verdadero sentido que tiene todo esto. ¿Acaso la gente es capaz de delegar su educación en la televisión programada y dejarse seducir por esa propaganda camufalada que nos envuelve?
Me aterroriza el simple hecho de imaginarlo.
Sería muy sencillo huir de todo esto y ocultarme tras la caperuza de personaje egoísta y excéntrico, pero tal vez nadie me creería, pues solo al millonario osan mentarlo con este último adjetivo. Al común lo refieren como pobre loco y se le tiene lástima.
No obstante, me atrevo a entrar en polémica, a mojarme, que se dice, y tomo partido por los pobres diablos, entre otras cosas porque soy uno de ellos.
Los grandes banqueros han conseguido que el tontaina medio se crea libre por introducir un papel en una pecera cada cuatro años, mediante el que elige si los que quiere que le roben, estafen y engañen con infinitas mentiras que luego negarán haber dicho son de tal o cual bando.
Desde mi punto de vista es totalmente necesario que las personas creativas no se dejen agasajar por el papel tosco y el metal redondo, tomando cartas en el asunto y alejándose de la esperpéntica fama que se pasea en los festivales de cine, por poner un ejemplo.
Vivimos en un pastiche de modas que han hecho de ésta un punto muerto donde se recurre una y otra vez a los mismos patrones de siempre.
¿Por qué esforzarse en producir una originalidad vacía, que nunca llega a nadie, cuando los clásicos supieron sugerir tan bien con sus nobles métodos?
Estamos en la era del plástico, donde el postmodernismo se ahoga en sus últimos coletazos y nadie se fía de nadie.
Presiento que a esta etapa le queda poco, pues la pobreza intelectual que se exhibe sin remordimientos me informa del estado agonizante de la bestia mediática. Ya no tiene nada más que ofrecer y se consume en grotescos gritos de socorro.
Estamos inmersos en un torrente de información, donde abundan imágenes, música, textos…
¿Qué lugar ocupa un pobre fotógrafo de provincias en una sociedad tan poco interesada por las cosas profundas?
¿Lograré llenar la panza con este oficio que apunta maneras de vagabundo y porte de vividor en el mejor de los sentidos?
Sabe Dios… lo que no me exime de rogar al mundo entero una pronta restauración de la moral para devolverle a la palabra del hombre el valor que antaño solía tener.
Ahora nadie dá dos duros por ella.
5:30 Llíria, Valencia
31 de octubre de 2004
Anoche Morfeo me bendijo con una grata experiencia onírica.
Me encontraba en una casa de montaña situada en un espléndido valle cubierto de césped. Era de noche y el lugar estaba muy iluminado. No estaba solo, algunos familiares se paseaban por sus austeras habitaciones.
De repente, fruto de un desajuste planetario, la velocidad de rotación de la Tierra se dispara, pasando de veinticuatro horas a siete segundos, proclamando en nuestros adentros el fin de la vida mientras se nos brinda la posibilidad de observar tal espectáculo astronómico.
No alcanzo a definir la maravillosa sensación contenida en la boca del estómago. Una vez tras otra se hacían el día y la noche mientras percibíamos nuestro final cada vez más cerca a causa de las consecuencias lógicas de que le suponíamos al fenómeno.
Al poco me desperté, dejando el sueño inconcluso y, alegre como estaba por la excepcional vivencia en otro de los planos de mi propia realidad, agredecí a Dios esta nueva situación que me ha enseñado a disfrutar el momento de un modo más intenso.
Cuando sentía perderlo todo no se me ocurrió mejor cosa que dejar a un lado las preocupaciones y observar la magnificencia que antecedía el final, tan mágico como misterioso.
00:05 Llíria, Valencia
30 de octubre de 2004

Barcas en el lago Saigo. Yamanashi, 2004
© Roberto Marquino
Un paisaje primigenio alterado por la gemometría de los grupos de barcas, única huella de la acción del hombre que todo lo explora y lo somete a voluntad.
Esta imagen tomada en la prefectura de Yamanashi constituye un pequeño tributo a mi estimado y secreto maestro Henri Cartier-Bresson.
¡Que el Padre infinito te tenga en su gloria!
29 de octubre de 2004

Salvador Dalí
Más negativas respecto a la concesión del visado para regresar al Japón y comenzar con el trabajo de asistente de fotógrafo que tantas puertas me abriría.
La providencia me pone una vez más a prueba -y también a los nervios que tratan de distorsionar las perspectivas que tanto costaron de contruir-.
En efecto, me encuentro en una suerte de callejón sin salida. Sin embargo conozco el lugar donde mis dudas hallarán respuesta; será en el “Primer volúmen de las obras completas de Salvador Dalí”, compuesto por sus diarios, contenedores de los pensamientos más delirantes y preclaros así como de las anécdotas que hicieron de él (que las supo aprovechar para crear su propio mito) un bufón renacentista y un genio de las artes, mejor conocedor de las cosas de Rafael que el propio Rafael.
Y sé que así será desde que el propio Dalí se me apareció hace un mes en sueños para hacerme partícipe de la última semana de su vida y los días posteriores a su muerte, narración que evitaré realizar por tratarse de algo que escapa a mi pobre prosa.
En dicho sueño me reveló una serie de claves que me han venido muy bien a la hora de hacerme valer en el podrido mundo de las artes.
Aún con todo, se me antoja que el resto de conocimientos me los sugerirá de nuevo D. Salvador a través de sus primeros textos. No me atrevo a dudarlo.
20:50 Llíria, Valencia
19 de octubre de 2004

Las niñas. Kyoto, 2004
© Roberto Marquino
Su aparente inocencia es la mejor prueba de aquello que tanto me afano en buscar: la magia del momento, el goce visual y la sensación de melancolía que me invade ante la confrontación de este ideal basado en imágenes y la realidad cotidiana en el que paradójicamente se encuentran enmarcadas.
Jamás sabré en qué consistía con exactitud el juego de estas niñas de aspecto angelical.
19 de octubre de 2004

Mieko y el castillo de Matsumoto. Nagano, 2004
© Roberto Marquino
Cuando la madre de mi amigo Hiroshi se acercó a contemplar la belleza del castillo de Matsumoto en Nagano, no era tal vez consciente de la estampa milenaria que se encontraba protagonizando. Afortunadamente conservo este recuerdo lleno de tradición y misterio a pleno día.
Mieko tiene en gran estima a ‘las cosas del pasado’, tanto que su sola presencia parece rendirles un tributo silencioso.
Le doy las gracias por ese carácter tan noble que posee, amén de la extraña inocencia que le hacía ver en nosotros reminiscencias de Esopo y Cristo.
19 de octubre de 2004

Monje mendicante. Nara, 2004
© Roberto Marquino
Este retrato de un monje mendicante que tomé en Nara se me revela lleno de dignidad y fuerza.
No es solo una imagen documental. Estático y vivo al mismo tiempo, constituye toda una declaración de principios del sentido de la armonía del antiguo Japón.
19 de octubre de 2004
¿Somos capaces de crear belleza?
En mi opinión, depende de nuestra noción, más o menos elevada, del código estético.
Si uno pertenece a un círculo mediatizado y harto consumista, puede que responda afirmativamente, maravillado ante la contemplación de una reproducción de plástico de alguno de sus personajes favoritos de televisión.
Lamentablemente en esto también hay castas, si bien se hallan en un marco más justo, pues todo aquel que lo desee puede ascender por medio de la meditación y la sabia observación. Se trata de abrir los ojos al engaño generalizado, a la necesidad creada.
Después de esto, sencillamente dejaremos de extasiarnos con tanta facilidad, más cuando lo hagamos será de un modo más pleno y revelador. Y será así porque al fin habremos comprendido que con el mejor de nuestros avances en genética y la recombinación más exquisita del ADN no habremos creado sino un ser totalmente imperfecto en su aparente perfección.
Porque sabed que a estos que se esmeran en tales avances los amparan viles mecenas que no esperan sino especulación y rápido enriquecimiento con esta panacea, que os venderán al precio del oro. Ya lo hacen con los productos estéticos, y en cambio la artificialidad que algunos lucen con orgullo no ha conseguido más que potenciar la hipocresía, la vanidad y la conversación vacía y de compromiso.
El gran aprendizaje se centra en que si, como Ulises, deseamos emprender una odisea personal, poco sacaremos en claro si partimos con el propósito de superar la simpleza de lo creado por la gracia de la providencia. En cambio si basamos nuestros empeños en la mejor comprensión de nosotros mismos y el papel que desempeñamos en este plano mortal, entonces seremos capaces de desvelar el misterio de la sonrisa fugaz de aquel que en un día nublado mira al infinito y se percata de la mortalidad de su cuerpo físico, divina mortalidad que confiere sentido a todo un proyecto de vida.
Es algo que un ser inmortal jamás podría comprender.
12:20 Llíria, Valencia
18 de octubre de 2004
Un día más que añadir a la cuenta del olvido. Uno de esos que parecen no servir de nada y sin embargo nos toca vivirlo. Uno de esos que, una vez cumplidos nuestros sueños, añoramos con melancolía al echar la vista atrás, como si nos pareciera más puro por causa de la incomprensión general que preside todo inicio de algo grande.
Observo el postmodernismo como si se tratara de un día de mal tiempo que espera a ser barrido por los vientos de un revisionismo cultural de nobles propósitos. No obstante el dinero y los intereses contienen la esperada revolución silenciosa.
En lo particular no tengo mucho que añadir. Nada salvo el bastonazo a la moral que me propinó el gobierno japonés hace casi una semana, cuando me denegaron el visado de trabajo.
Comprendo que el Japón es un país superpoblado y no hay mucho espacio allí para un bohemio como yo. Aún con todo, los japoneses no gustan de la negación directa, por lo que su modo de hacerme saber su rechazo ha sido a través del recordatorio de los tres requisitos básicos para procurarme el visado, de los que al menos uno debe ser cumplido. A saber:
1. Poseer licenciatura en fotografía (carrera inexistente en España, por fortuna).
2. Poseer un mínimo de diez años de experiencia.
3. Haber ganado un premio internacional o nacional de carácter autoritativo.
¡Menuda cara de tonto se me quedó al leer esta chorrada dogmático-academicista!
Entiendo que, como desconocedores del sentimiento universal que el verdadero arte desprende, aquellos que inventaros estas estúpidas reglas no hallaron método más útil para trillar el noble espíritu de la paja que tanto abunda en forma de conceptualismos, abstracciones y falsas perspectivas, que el cuento de la carrera, los diez años y el premio de prestigio.
¿Qué pensarían de esto Henri Cartier-Bresson, Paul Gauguin, Robert Doisneau, Van Gogh, Salvador Dalí, Robert Capa, Paco de Lucía, Howard Carter, Albert Einstein, Heinrich Schliemann, André Bretón, Miguel de Cervantes, Cristóbal Colón, Camilo José Cela, Marco Polo o Confucio, entre tantos otros?
Me parece estar escuchando la respuesta de los señores burócratas desde sus poltronas: “…pero usted no es uno de ellos”.
18:05 Llíria, Valencia
17 de octubre de 2004
Cuando uno se plantea realizar un proyecto de vida basado en supersticiones o corazonadas, como es mi caso, no basta con un simple armazón para protegerse de las desavenencias que le salen al paso. En absoluto. Hace falta mucho más que eso; quizás estar loco.
Y es así porque nadie en su sano juicio continuaría hablando en público, después de la función, al auditorio vacío. Para ello se necesita vivir acorde con el método paranoico-crítico que, como su divulgador indicaba, solamente es válido para unos pocos.
Creo que en mi caso podría funcionar. No en vano empuño un bocadillo de jamón serrano con queso al mismo tiempo que hago literatura, si así quisiera considerarse este cuadernillo de vivencias.
Lo malo de ser un funambulista sobre la finísima cuerda que delimita la cordura oficial y la no oficial es que cuando pones las caderas en un lado los brazos ejercen de contrapeso en el otro, a fin de mantener el equilibrio. Se corre el riesgo de caer al vacío, pero todo tiene su truco.
Yo uso el humor a modo de parapeto, y de momento funciona.
Nada más por hoy.
23:45 Llíria, Valencia