Hiroshi (III)

Hiroshi Utsunomiya. Llíria, 2003
© Roberto Marquino

Hiroshi Utsunomiya. Llíria, 2003
© Roberto Marquino

Travestí en Kabuki-cho. Tokyo, 2004
© Roberto Marquino
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Jóvenes monjes observan impotentes un autobús despeñado en Nuwara Eliya. Sri Lanka, 2003
© Roberto Marquino
Ya tengo fecha de salida de salida para el Japón: el día 26 del próximo Marzo.
Durante los tres meses que allí permanezca habré de ingeniármelas como pueda. Parto con lo puesto y una muda, algo de crédito (cuya devolución deberé afrontar con la mayor prontitud tras el regreso) y todo cuanto la madre providencia disponga en el camino (en el Tao).
¿Qué nuevos aprendizajes me aguardan en tan lejanas tierras?
No lo sé. Mas poco importa sino el hecho de seguir recorriendo la senda vital. Ése es el verdadero aprendizaje. Y hay que gozarlo mientras se pueda.
5:20 Llíria, Valencia
El tiempo pasa y desaparece
y sólo nuestra muerte logra recuperarloLa fotografía es como una cuchilla
que secciona para la eternidad
el instante que ha deslumbrado
De nuevo en el metro de Madrid, camino a alguna parte. Melancolía, sueños…
El trayecto es largo pero rehuso sentarme. Desde esta posición diviso multitud de caras sin vida, cuerpos de oscuras ropas, miradas monocordes.
No me desespero por ello. -Toda esta gente debe estar llena de deseos e inquietudes también-, me digo. -Sí, seguro que hay esperanza e ilusión tras esa expresión lobotomizada-.
Los autómatas no responden, dudo por momentos…
De pronto recuerdo la novela de Orwell y me viene una angusta terrible, contribuída en parte por la luz cenital y el traqueteo del vagón. Apoyo mi mano abierta sobre la sucia pared para no caerme. Noto como algunos ojos se desvian hacia ésta sin tensar un sólo músculo de la cara. -¡Qué mano más grande!- seguro que piensan.
Me pongo nervioso y sonrío en soledad metropolitana (esto es, entre todos los presentes sin reacciones de ningún tipo). Tal vez para ellos sea un loco pero lo que no saben, cómo sí sabía Dalí, es que “la única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco”. Sencillamente, me encuetro fuera de mi espacio habitual. Soy un extranjero en la ciudad, que me asfixia, y ando descolocado.
Cierro los ojos y pienso en mi pueblo, al que tantas veces he criticado (y lo seguiré haciendo dado su inmovilismo y cerrilidad, por su partidismo interesado allá donde suena la bolsa y por el rechazo a todo movimiento estético cuyos firmantes no sean reconocidos o se les deba algo). Pienso, también, en los bosques de la Columbia Británica, en la playa de Futami, en las aldeas del interior de Sri Lanka, en cómo será el México de Gabriela de la Peña y hasta en los Himalayas, soñado destino del cual haré un libro algún día, cuando logre transmutar por completo ésta sensación de angustia intermitente por indiferencia, cuando consiga asimilar e interiorizar que el verdadero maestro no necesita ni flechas ni arco para apuntar a esa diana que dá la oportunidad de alcanzarse a uno mismo.
De repente la megafonía interrumpe mis pensamientos: “Próxima parada: Prosperidad”.
Hoy me bajo en ésta.
13:00 Madrid

Atardecer en el bosque. Columbia Británica, Canadá, 2005
© Roberto Marquino
Acabo de salir del mercadillo de los horrores que constituye la engañifa oportunista llamada ARCO. Salgo con la cara que debieron poner todos aquellos artistas reeducados en otros tiempos, en otros lugares, cuando los trataron de enfermos y los condujeron a los campos de trabajo para desintoxicarse de lo aprendido con anterioridad. Esa cara de tonto que se le queda al que usa la razón frente a la imposición por conveniencia.
Para muestra un botón (evitaré nombres propios por ser éstos de dominio público y por haberse dado la anécdota en cierto tono de confidencia).
Sucedió al poco de entrar en el templo de los fariseos, ejem, quiero decir, en ARCO. Tras cruzar las compuertas iniciáticas me fuí derechito al puesto de una galería muy conocida, queriendo ser el primero, como en las rebajas.
Una vez allí dos señores me atendieron con prisa imperiosa, ésa que hace mirar a ambos lados con cierta compulsión pese a no haber potenciales clientes en cincuenta metros a la redonda.
Uno de ellos, el de apariencia menos común, limpiaba con frenesí el cristalito de la exigua mesa donde recibían a los gañanes como yo, pues supongo que para los grandes negocios, los de fajo en mano o pagaré legal (los hay que no lo son), y tratándose de la galería que era, ofrecerían mejores acomodos.
El otro hombre, viendo la ilusión de toro bravo que tal vez delataba el brillo de mis ojos, pensando acaso (y acertadamente) que venía a comerme el mundo, me espetó, así, sin vaselina: “Has venido al peor lugar para hablar sobre arte. X (la persona que dirige la conocida galería) tira a la basura sin abrir los porfolios que le dejan a los quince minutos de marcharse (el desdichado que invierte su tiempo y dinero en intentar mostrárselo, me dije para mis adentros). Tenemos cubierto el cupo hasta el 2007. Siento ser tan directo, pero es lo que hay. Prefiero ser sincero y ahorrarte un disgusto: ARCO no es buen sitio para un artista”.
Coño, si la maldita Feria de Arte Contemporáneo (coetáneo, coexistente, actual, de nuestro tiempo… no prostituyamos la palabreja en pos de cuatro mamarrachos que, carentes de ideas y necesitados de dinero para mantener un tren de vida se aferran a ella enarbolándola como estandarte, cual distintivo de prestigio) no es lugar para hablar de arte, usted dirá…
- Así son las cosas -dijo (y así se las hemos contado, pensé)-.
- Agradezco su sinceridad -respondíle aceptando el status quo y apresurándome a hacer las modificaciones pertinentes para no amargarme el día y sacar al menos algo de provecho en tan triste y vacío lugar-.
Aún con todo logré obtener algunas direcciones con las que tratar a posteriori, direcciones de galerías asiáticas, pues en las españolas no hallé el mismo trato ni interés (de hecho, ¡cosas de la vida!, en la que peor me recibieron fué en una galería valenciana, tierra de donde provengo). También recabé información útil sobre publicaciones en las que sí pudieran estar intersados en hablar de arte, acabando finalmente, ya sin tareas autoimpuestas, por dar un paseo por los dos hangares que conformaban la pantomima en busca de algo que no hiriese la sensibilidad, de algo con corazón.
A continuación enumero a los pocos artistas (puede que me deje alguno, sabe Dios… ¿y si todos aquellos de nobles intenciones estaban agrupados a la vuelta de la esquina, y yo sin enterarme?) que a mi modesto enteder poseían un discurso interno y cuya función era, al fin, entre tanta pérdida de tiempo y material, inspiradora. Entre los válidos se encontraba mi admirada Cristina García Rodero, William Klein, Alberto García Alix, William Wegman (sí, me gusta, tiene algo pese a todo), Cartier-Bresson (¡como no!) y Ricky Dávila (si había algo más de interés entre los tres mil artistas representados, bien no lo ví, bien se me pasó).
ARCO me obliga a replantearme las cosas o, si se quiere, a reafirmame en lo dicho una y mil veces: Hay que proseguir, continuar trabajando para restaurar el sentido común entre los artistas. Cabe perseverar, repetir las desoídas palabras una y otra vez, pero nunca ceder al discurso vacío que los medios actuales proponen (y menos en este país).
No, y mil veces no, al vasallaje del arte pililero.
18:30 Madrid

Anochecer en la playa. Columbia Británica, Canadá, 2005
© Roberto Marquino