Archivos de marzo de 2006

31 de marzo de 2006

Un día agitadamente placentero

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Ha merecido la pena haber madrugado. La exposición de Wing Shya en Roppongi Hills ha resultado interesante. La entrada era algo cara para el espacio del que se trataba pero debo decir que la ambientación estaba muy cuidada. El fotógrafo trata varios temas que se exhiben en estancias de diversos estilos -las fotografías también estaban en soportes distintos dependiendo del tema-. Todo esto mediante colores vivos y saturados, como corresponde a alguien de Hong-Kong.

Según Lisa, la visión de oriente cambia según se trate de la parte continental o de las islas. La gente del Japón es menos pasional y gusta de los colores pálidos y pastel, mientras que en Corea o en China todo es más vívido y agitado. Escuchar esto ha supuesto toda una revelación para mí. Por supuesto que hay una gran diferencia entre Tokyo y el Shanghai que conocí hace algunos años, pero todo este asunto de la pasión y los colores me había pasado, sino inadvertido, cuanto menos soterrado bajo el caos aparente de la metrópoli tokyota. Bien es cierto que en Shinjuku -el distrito de las finanzas- los neones se hacen más intensos y cobran mayor presencia, pero los edificios, personas -y acaso sus acciones- se muestran de un modo más delicado, casi melancólico. Allá es donde se encuentra el Japón de antaño, el santo grial, linaje perdido de un pueblo que en el fondo no es tan distinto a sus antepasados como empezaba a creer.

De camino a la exposición he retratado a muchos trabajadores. De nuevo obreros, policías, vendedores y algún que otro viandante cuyo aspecto me resultaba interesante -pictórico pero sin estridencias-. Como es en primavera se puede ver a muchos con esas máscaras que causan tanta gracia en occidente. Cuando uno está aquí el asunto resulta más comprensible. Los japoneses sufren de terrible alergia a cierto polen y de ahí que traten de protegerse al máximo. Por otra parte, la televisión se encarga de emitir el parte del movimiento del polen mediante gráficos y sencillas explicaciones, así como los distintos puntos de floración del cerezo en el país -en cada prefectura se produce en distintos días, semanas, e incluso meses a causa del clima tan diverso (Ej.: en Okinawa se da en febrero mientras que en Hokkaido lo hace casi en Mayo)-.

En esta zona de Roppongi pueden verse muchos extranjeros -hasta hay un supermercado que vende productos americanos-. Es donde se encuentran las embajadas y, al caer la noche, lugar de reunión de los foráneos en busca de marcha a la occidental o de un buen restaurante temático. Roppongi de noche sería algo así como la Ibiza del Japón en tiempos veraniegos -si bien mucho más tranquilo y sin la parte de naturaleza y espiritualidad que se encuentra en la parte de la isla que no está tomada por las juventudes inglesas en dichas fechas-. No seré visto en este distrito al caer el ocaso. No si elijo yo el lugar de salida.

Llegada la hora de la comida -las doce horas del mediodía- todos los restaurantes y bares se llenan como por acuerdo nacional formando en algunos casos colas a la entrada que se prolongan varios metros hacia el exterior. Lisa y yo nos dirigimos al encuentro con Kishiko Maruoka. Una vez juntos comemos y pasamos la tarde en el lujoso distrito de Aomori. Kishiko resulta ser una excelente conversadora y mejor persona. Habla cuatro o cinco lenguas -que yo sepa-. A modo de curiosidad diré que entre sus amistades se encuentra la compositora de la sintonía principal de la conocida serie de animación ‘Dragón Ball’.

Lisa le explica lo de mi afición a la palabra ‘setsuri’ (摂理 – providencia), que uso habitualmente a modo de sello en mis trabajos, y, ¡Eureka! al fin alguien que me comprende. Parece que Kishiko y yo haremos buenas migas, dialectalmente hablando. Mi concepto de ella aumenta después de invitarme en una pastelería con mesitas a modo de café al mejor pastel he probado en lo que llevo vivido. De fresas y nata, era. Delicioso -y caro como pocos-.

Antes hemos visitado un jardín cercano con carpas enormes de vivos colores -aquí las llaman koi-. Parecían perros o gatos cuando abrían las fauces en reclamo de comida. Cualquier cosa les habría sabido a poco a juzgar por su insistencia y poco temor al hombre.

Y así paso el día de hoy hablando la mayor parte de éste en japonés. Como Lisa enseña el idioma a extranjeros me ha corregido innumerables veces -y yo que se lo he pedido y lo agradezco- con el consiguiente aprendizaje de nuevas palabras y fórmulas de expresión.

Hoy, mejor imposible.

23:18 Apartamento de Joseph y Lisa. Meguro, Tokyo

30 de marzo de 2006

La actriz más veterana del mundo

Publicado en Fotografía por Roberto Marquino

La actriz más veterana del mundo

La actriz más veterana del mundo. Shibuya, Tokyo, 2004
© Roberto Marquino

30 de marzo de 2006

Llegada a Tokyo

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Ni rastro de la resaca de ayer. He dedicado la mañana a ayudar a Masashi en unos asuntos de diseño gráfico para su negocio. Masashi quedó tan prendado de la isla de Malta en la estancia en la que nos conocimos que ahora se gana la vida enviando a sus compatriotas al pequeño país, donde aparte de estudiar la lengua inglesa pueden disfrutar de unas agradables vacaciones. Él cuida en la distancia de que todo salga bien.

A las cuatro de la tarde me acerca a la estación de Yokohama, donde nos despedimos hasta la próxima, que será antes de mi marcha del país. Me ha vuelto a ofrecer la habitación de su hermano -desde que se casó vive en su propia casa- para dentro de un mes o dos, y yo se lo he aceptado.

Hasta luego, Masashi. Y gracias.

Con el tiempo, moverme en las entrañas de las macroestaciones de tren del Japón resulta cada vez menos complicado. Normalmente los japoneses se mueven en bloque en una misma dirección. Sólo es cuestión de seguirles en la ruta deseada. Con eso y conociendo unos pocos kanjis de orientación la odisea lo es menos.

Ahora bien, si a uno le da por pararse en medio de la transhumancia -por pocos segundos que sean- acaba causando grandes problemas de tráfico respecto a la barahúnda que viene detrás. Esto es algo que todo el mundo aquí tiene bien aprendido, haciéndose el forastero fácilmente reconocible por su torpeza de movimientos.

Una vez dentro del tren o autobús lo dicho se aplica de un modo ligeramente distinto -allá donde fueres haz lo que vieres-, tratándose la jugada de comprimirse acoplándose unos con otros hasta aprovechar el espacio al máximo sin llegar a caer en el froteurismo, que aquí está muy penado.

Añadiré, rompiendo una lanza en favor del pobre extranjero, que acaso dicha torpeza provenga de la diferencia de altura que guarda respecto a la media nacional. Recuerdo haberme dado alguna vez con los marcos de las puertas, cuando no tenido que agacharme frente al espejo del cuarto de baño para poder afeitarme con corrección algo más que el vello pectoral, que tanto denota mi procedencia.

En general, buena parte del mobiliario casero es de un tamaño menor al acostumbrado por los occidentales. No se salvan ni la computerizada taza del wáter con bidé incorporado, ni el lavabo, ni las mesas del comedor… Eso sí, los cortes del papel del wáter que he visto hasta ahora son casi el doble de largos al habitual, hasta ahí llega la fiebre del consumo.

Al llegar a Tokyo me esperaba Lisa, que hubiera podido ser mi hermana mayor, a juzgar por el excelente trato que siempre he recibido de su parte -de la suya y de su marido Joseph, un ser tan excepcional que hace unos años apareció en cierta revista del país como modelo de extranjero (Joseph es oriundo de Hong-Kong) lo cual aquí es más que un mérito-.

Tras los efusivos saludos -en Japón no es costumbre abrazarse ni tocarse con las manos como símbolo de confianza- salimos de la estación de Meguro en dirección a su apartamento.

¡Cuántos recuerdos me han sobrevenido! Parece mentira que hayan pasado casi dos años desde aquel mes intenso de búsqueda de trabajo como fotógrafo, durante el cual estuve aquí alojado. Nunca olvidaré todo lo que Joseph y Lisa hicieron por mí durante aquellos días de incertidumbre, ni todo lo aprendido a base de ensayo y error.

El caso es que he leído en muchas publicaciones de viajes que es difícil que un japonés le invite a uno a visitar su casa. No puedo suscribir tales afirmaciones en este caso, pues mis días aquí han discurrido en la morada de muchos de ellos, todos grandes amigos que he ido haciendo en el camino -los que todavía no me han devuelto la visita a España han prometido hacerlo en cuanto les sea posible-.

Para mí, el haber gozado de este privilegio ha sido clave en la decisión de materializar la experiencia nipona en forma de proyecto fotográfico al que acompaña este diario. De otro modo mi visión del Japón no sería más que otro de los superficiales tratamientos que las publicaciones occidentales le dan, llegando a confundir al personal -como fue mi caso con anterioridad a la primera visita- sobre el verdadero rostro del Japón actual, mezcla de muchas influencias pero contenedora de una esencia original con fuerte raigambre en el zen y el bushido.

Llegados al apartamento actualizamos nuestras noticias. Ella sabe lo de Nanako -de hecho la instó por correo dejar a un lado las ambigüedades y a darme una respuesta sin que yo se lo pidiera, hecho que al principio me inquietó pero que tal vez fue clave a la hora de conocer la verdad-.

Lisa me da ánimos y cambia el tema de conversación, desviándolo al plan que me tiene preparado para mañana de visitar la exposición del fotógrafo Wing Shya y de pasar la tarde con Kishiko, a la cual todavía no conozco y de la que habla maravillas.

Mientras conversamos prepara la cena. Yo ayudo a pocos metros rayando una especie de rábano gigante que llaman ‘daikon’. Me cuesta casi una hora rayar dos de ellos hasta convertirlos por completo en puré -por lo visto si se hace con máquina el sabor varía-.

Al poco llega Joseph a casa y con él -de nuevo- la euforia. Me dice que ahora trabaja para Microsoft, de nuevo desempeñando un puesto que ocupa varias líneas en su tarjeta de visita y que no logro descifrar.

Lisa es tan buena cocinera como la madre de Masashi -no en vano recibió sus primeras lecciones a los seis años-. Esta noche esta todo tan rico como en aquellas de hace cuatro y dos años, respectivamente.

Acabada la cena Joseph nos mira y dice: ¿Sanpo? Y hete que nos enfundamos las chaquetas -aquí hace más frío que días atrás en Valencia- y salimos a dar un paseo por una cercana avenida de cerezos en flor bajo el manto de estrellas. Este acto en concreto recibe el nombre de ‘yosakura’ -compuesto de ‘yoru’ (noche) y ‘sakura’ (árbol del cerezo)-. Estos momentos no se pagan con dinero.

Durante el regreso nos encontramos en el suelo a una mujer mayor y alguien que parece amigo tratando de levantarla, pese a que no logra conseguirlo. Me acerco apresuradamente y tiendo mi mano, siendo recibido por el hálito del alcohol procedente de la mujer.

De repente comprendemos la situación. La mujer se incorpora con facilidad como si nada y se deshace en mil reverencias bonachonas, no pudiendo nosotros evitar sentir la vergüenza ajena. Sin pretenderlo, un atisbo de lástima se apodera de mí, tal vez porque voy más allá y le supongo una triste historia cuando a saber de qué se trataría en realidad.

Al poco regresamos al apartamento y nos damos las buenas noches. El viejo futón será testigo de mis sueños.

23:45 Apartamento de Joseph y Lisa, Meguro, Tokyo

29 de marzo de 2006

Resaca

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Hoy desperté con una fuerte resaca. No bebí tanto, pero la curiosidad por probar nuevos brebajes me ha pasado factura. Me he levantado tardísimo, aunque antes que Masashi, que ha llegado tres horas tarde a una cita.

Levantarse tarde en este caso es hacerlo a las 10:30 de la mañana. No se a que obedece, pero el caso es que cuando vengo a Japón las mañanas son distintas. No puedo permanecer tanto rato en la cama. Ni lo deseo. Tal vez el hecho de que amanezca tan pronto tenga mucho que ver -entre las 4 y las 5 en verano-. Eso y que siento que tengo una misión que cumplir.

Sí, he hecho buenos retratos. Recuerdo uno en especial: Dos estudiantes, de edad adolescente, perfectamente uniformados -un uniforme oriental de corte muy noble-. No esperaban mi petición, pero la han aceptado con timidez e incredulidad sobre el fondo de una estrecha callejuela.

Este y otros retratos consentidos que estoy tomando tienen mucha fuerza. Los japoneses que fotografío no posan, sólo consienten en compartir su hermética figura. Esto deriva en que toda la fuerza expresiva se concentra en sus ojos, y especialmente en el misterio que se oculta tras éstos, prueba indiscutible de la existencia de una personalidad que socialmente les es menoscabada.

También he fotografiado la escultura que se encuentra frente al centro social del que hablé. Al pié de ésta hay una inscripción que revela su contenido. Se trata de una cápsula del tiempo con objetos e información de la actualidad que se abrirá dentro de cincuenta años para comparar y aprender de la experiencia. Sana costumbre, aunque no pueda decir tan bien del cuidado que nuestras autoridades locales tienen respecto a fomentar el interés y la curiosidad en sus ciudadanos, si bien no toda la culpa les es achacable -si la gente no demanda sanos pasatiempos (o no los reclama con suficiente fuerza e insistencia) mal se empieza, pues de las autoridades cabe esperar poca iniciativa-.

El dolor de cabeza se ha intensificado durante la tarde al punto en que, tras el regreso a casa y la magistral cena que la madre de Masashi prepara a diario, me he metido en la cama hasta nuevo aviso de restablecimiento por parte del cuerpo.

20:00 Casa de los Iwata, Yokohama

29 de marzo de 2006

Retratos y copas

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

El día de ayer resultó muy intenso pasado el mediodía. Dí una gran caminata tras visitar por vez primera el centro público donde ahora escribo estas líneas. Antes había estado fotografiando a dos equipos de béisbol junior que celebraban un partido oficial en un campo frente al parque. Los miembros de ambos equipos iban perfectamente uniformados -a los japoneses les gusta preparar y cuidar las equipaciones antes de iniciar un deporte o afición-. Se gritaban ‘oi, oi, oi’ para poner nervioso al adversario y procurar el yerro del lanzamiento del pitcher, por un lado, o el golpe al aire del bateador, por otro, mas cuando alguno acertaba una buena jugada todos exclamaban en justa admiración.

El béisbol es una de las muchas aportaciones que la ocupación americana procuró a los japoneses. Bajo el mandato de MacArthur el pueblo japonés absorbió, digirió y, luego, vomitó nuevos puntos de vista sobre la cultura estadounidense. Fruto de aquellas aportaciones existe una gran cantidad de neologismos basados en el idioma inglés. Por ejemplo, ‘remote control’ se dice ‘rimokon’ en japonés. Y así tenemos ‘apato’ (‘apartment’), ‘depato’ por (‘department store’), ‘ereki’ (‘electric guitar’), ‘aisukurimu’ (‘ice cream’)…

También ayer me lancé al retrato, pidiendo permiso educadamente siempre que buscaba una aproximación interesante. Nadie me negó su estampa. Tal vez el hecho de usar una Rollei -que me obliga a hacer un gesto similar a la clásica reverencia oriental- tuviese algo que ver, o cuanto menos ayudó con su porte noble a ser diferenciado del simple extranjero curioso -eso y el hecho de dirigirme a ellos en su idioma, pues pocos hablan la lengua inglesa-.

Los japoneses son muy amables con todo el mundo -le acompañan a uno hasta el lugar deseado cuando se les pregunta, incluso si no se dirigen hacia él- y especialmente cuando uno hace el esfuerzo por hablar su lengua, siendo conscientes de la dificultad que entraña para el extranjero el aprendizaje de ésta.

Retraté, básicamente, a los trabajadores que hallé en el camino hasta dar con una larga carretera a cuya izquierda había un muro infinito sobre cuyo lomo discurrían las vías del tren. Este muro es muy conocido en el mundillo del graffiti. Artistas callejeros de todo el orbe vienen aquí a dejar su impronta, respetando como conviene a las personas civilizadas el resto del mobiliario urbano y las paredes que quedan fuera de este distrito.

Casi sin darme cuenta llegué hasta la Landmark Tower, construcción que, junto a buena parte de la ciudad de Yokohama, ya conocía de mis anteriores viajes al país del Yamato. La Landmark Tower es uno de los edificios mas altos del mundo, con una elevación de 296 metros. Las vistas desde el mirador de la última planta son espectaculares al caer la noche. La ciudad entera parece un circuito impreso con sus juegos de luces artificiales. Cerca está la segunda noria más alta del Japón y el Hotel Intercontinental, que tiene forma de vela de barco, y enfrente se encuentra atracado un antiguo navío convertido en museo y abierto al público.

La tierra que se extiende frente a los cercanos silos de ladrillo rojo -ahora readaptados como tiendas y bares- esta ganada al mar al más puro estilo ‘Cañas y barro’, pero a lo grande. Esta zona se conoce con el nombre de Minato Mirai 21. Los silos datan de cuando la apertura al mundo del puerto de Yokohama en la era Meiji, aunque antes Japón ya había roto su aislamiento por medio de los puertos de Nagasaki, Hakodate y la misma Yokohama de la mano del admirado y respetado Ryoma Sakamoto.

Más tarde regresé a casa de los Iwata y cenamos en familia. ¡Cuántas sabrosas y nuevas joyas de la gastronomía oriental he disfrutado en esta casa a lo largo de mis visitas! La madre de Masashi, huelga decirlo, es una gran cocinera.

Tras el té y los postres mi amigo me llevó al bar de un conocido suyo sito en el segundo piso de una pequeña finca. Ésta ubicación nos sería apropiada para tal negocio en España, y sin embargo aquí no es la primera de estas características que visito. Los restaurantes caros, por contra, suelen ubicarse bajo tierra, descendiendo por angostas escaleras que asemejan a los espacios en los que se mueven los mineros. Lamento no haberme llevado la Rollei -la olvidé al salir de casa, justo después de manifestar que la llevaría conmigo-. Allí podría haber retratado al barman y a su único cliente -aparte de nosotros- fiándome de la confianza que parecía haberse producido.

Al cierre nos fuimos a otro bar (居酒屋 – Izakaya), esta vez al estilo de Okinawa. La muchacha que lo regentaba era una joven ataviada con una camisa florida de aspecto isleño -como corresponde al lugar que trataba de evocar-. Nos atendió con gracia y esmero.

A los nipones les gusta beber pero como tienen poca tolerancia al alcohol tienen la sana precaución de tomarlo con guarnición, lo que no impide que alcancen el estado de embriaguez que aquí se muestra sin las connotaciones de perdedor que tiene, al menos, en mi país. A ciertas horas de la noche se puede observar a mucho trajeado bambando las calles de vuelta a casa o en busca de un hotel cápsula donde dormir la mona hasta la mañana siguiente -en la que normalmente se trabaja-.

Pruebo la cocina de Okinawa a modo del citado resopón etílico, comprobando, una vez, más la sinceridad que subyace -dormita- en los momentos de diurna compostura y que aflora al ritmo de cañas y cócteles. Masashi me cuenta cosas que no acostumbra a decir durante el resto de la convivencia. Entre éstas, que una de las razones de su hospitalidad conmigo es el parecido que, según él, guardo con el director de la película ‘Amèlie’, Jean-Pierre Jeunet -anoto aquí que en mi primer viaje al país me albergó durante más de una semana conociéndome con anterioridad de haber conversado no llega a media hora en la isla de Malta-.

Al salir llovía intensamente. Masashi caminaba con dificultad, dando tumbos. Pronto comenzamos a bromear con nuestros paraguas, haciendo como que empujábamos la lluvia con la copa hacia el otro hasta acabar empapados -sobre todo él-. Nunca antes lo había visto sonreír con tanta intensidad, normalmente es un joven serio. Al entrar en casa me dio un abrazo.

14:00 En un centro de estudio y recreo en Yokohama

28 de marzo de 2006

El precio de abandonarse al deseo

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Ayer noté que Nanako había cambiado en algunos aspectos. Parecía haber despertado a la vida en Brasil, disfrutando de una segunda adolescencia sin ataduras. Me habló de lo feliz que era poder comer, trabajar, salir libremente… Era consciente de que no en todo el mundo se goza de estos derechos ‘básicos e inalienables’.

Sin embargo, y pese a ser consciente de cosas tan profundas, su deseo de contentar a todo el mundo empezando por ella misma -justificadamente, en parte, por lo mal que antaño lo pasó en la vida- fue, si bien no el origen, sí la causa del malentendido que tanto me ha hecho sufrir.

Ocultó lo de su amante -entiéndase el concepto como lo hacen los anglosajones cuando dicen ‘lover’- porque pensaba que para mí el amor no era tan importante y que el verdadero motivo de mi regreso obedecía al apego que siento por el país nipón. De hecho -añadió- su actual amante no era un novio formal -se alteró un poco al oír esta palabra en japonés (恋人 : Koibito)-, recalcando que ahora mismo el amor no ocupa un lugar prioritario en su vida. No obstante, este verano tratará de establecerse de nuevo en Brasil, supongo que junto a él.

Bien es cierto que también he venido aquí por el proyecto fotográfico del que tantas veces he hablado, pero con esta decepción en la mochila temo que me cueste un poco arrancar.

Hace un rato he impresionado el primer carrete y no he quedado demasiado contento. Con todo el lío de Nanako casi había olvidado que la flor del cerezo está abriéndose y en pocos días lucirá con plenitud sus colores de melancolía. Asistir en soledad a su acto de floración supone para mí un canto a lo que perdió.

Hay quien se recrea en el recuerdo y éste le condiciona el resto de la vida. Mi deseo también pasa por recrearme, breve pero intensamente, tomando los frutos del aprendizaje y partiendo sin volver la vista atrás. Sólo así merece la pena la experiencia de regresión.

Algo de nosotros se queda en el camino. Es el precio que hay que pagar por haberlo intentado.

11:45 En la calle, Yokohama

28 de marzo de 2006

El día después

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Me levanto mucho mejor. Lleno de recuerdos pero sin el dolor que ayer experimenté.

Los sentimientos, en general, se apoderan de las creencias. Dichos de otro modo: nos pasamos -algunos- toda la vida intentando construir un alma y en los momentos decisivos acabamos cediendo a las pasiones como el más vulgar de los mortales. ¿Será esa nuestra verdadera condición? ¿Porqué, pues, luchamos por los ideales? ¿Hallaré la deseada paz espiritual -y emocional- algún día?

Sin la ilusión por evolucionar, la vida no tiene sentido. Pero es la misma ilusión la que nos acaba atrapando y adormeciendo en un ambiente de irrealidad, de completa subjetividad.

8:30 Casa de los Iwata, Yokohama

27 de marzo de 2006

Catarsis

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Afortunadamente me quedan buenos amigos en Japón. Ahora mismo me encuentro alojado en casa de uno de ellos, Masashi Iwata.

Todavía es pronto para desembarazarse de esta pena tan honda que me araña las entrañas, de este dolor casi físico que en los próximos días me hará compañía, mostrándome nuevas facetas del prisma vital si me apuro a sacarle partido.

El mío es un dolor carente de odio. No le procuro pensamientos negativos ni a ella ni a la providencia -ni a mí por haber mordido el anzuelo de la pasión-. Se trata del lamento humano que aflora cuando el fin de toda expectativa -fruto del instinto básico de esa pasión- se convierte en hecho corroborado.

Ahora sí, lloro. Y lo hago con dignidad, a solas, sin tremendismos, aceptando las consecuencias producidas por el deseo.

Nuevamente pienso en que lo que cuenta de las personas son sus acciones. Las palabras -o el silencio en el caso de Nanako- son pasto de la oxidación. Es el recuerdo el que las magnifica o las diluye según nuestras intenciones.

Mañana será otro día, aunque esta herida tardará en cicatrizar.

22:45 Yokohama

27 de marzo de 2006

La cruda realidad

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Acaba de bajarse del tren.

Tengo la garganta hecha un nudo y apenas doy crédito a lo que ya es un hecho: regresará en verano a Brasil para tratar de establecerse allí. Hay alguien que la espera. No me lo había dicho antes porque no sabía que para mí el amor fuese tan importante. Sus argumentos finales son que la vida hay que disfrutarla en plenitud y esas cosas…

Luego ha llorado, decía que sólo quería que todo el mundo fuese feliz. A mí me ha faltado el canto de un duro. Como no lo haga pronto podría enquistarse y acabar saliendo por otro lado.

¿Cómo pasar por alto el lógico sufrimiento que sobreviene a todo aquel vendado de ojos que recibe confusas pero esperanzadoras respuestas a sus cartas de enamorado?

En este momento me encuentro en un vagón lleno de japoneses y publicidad -Japón es el país de la publicidad-. En este momento nada tiene sentido, si por mi fuera regresaba a España ahora mismo. 

Hemos quedado como amigos, ¿un buen amigo habría obrado de modo tan ligero?

Año y medio largo de divagaciones, quimeras y castillos en el aire volatilizados por la fría realidad durante los amargos minutos de su confesión. Nunca pensé en matrimonio hasta que la conocí. Ahora esa palabra me suena tan extraña…

Y sin embargo no estoy enfadado. Perplejo sí, descolocado también -aún a sabiendas de lo que señalaban las lógicas premoniciones-. Y triste… pero no puedo proyectar odio en ella porque me lo estaría imponiendo a mí mismo.

Todo este tiempo de aprendizaje ha debido servir para algo. Supongo que pronto habré logrado restablecerme, no tengo más remedio, la vida está hecha hecha para los supervivientes.

Apenas he dormido en los dos últimos días…

Hoy no estoy pa nadie.

13:30 En un tren camino a Yokohama

27 de marzo de 2006

Ya casi…

Publicado en Diario, Proyecto 'Yamato' por Roberto Marquino

Una inusitada sensación de arrepentimiento se ha instalado en mí. Mil temores me embargan. Sé que pronto me adaptaré y todo esto pasará al olvido, pero… ¡Qué largo se me hace este final de vuelo!

Tengo ganas de llegar, de verla, de oír lo que tenga que oír y aceptar lo que tenga que aceptar.

El cansancio y la impaciencia lo hace todo insoportable.

8:20 Sobrevolando Seúl