Sobre la originalidad
Igual que hace un par de años, viene siendo rutina el pasarme por la biblioteca del museo metropolitano de fotografía de Tokyo. Aquí estudié por cuenta propia imágenes de autores conocidos cuyos trabajos no había tenido ocasión de visionar con anterioridad. Desde entonces que no desperdicio la oportunidad de ampliar el catálogo mental cuando ando por la megalópolis.
Hay de todo en esta biblioteca de la memoria y la creación, aunque yo prefiera llamar a lo segundo de otro modo. Ya he manifestado en alguna ocasión que el hombre no crea nada, tan sólo descubre y reproduce.
En mi caso personal trato de buscar el enfoque, la composición y el momento exacto a través de las herramientas que me son afines. Eso es todo.
Puedo llegar a aceptar con reticencias la palabra artista por añadir a lo anterior el hecho de la búsqueda y la filosofía personal, aunque prefiero el concepto fotógrafo por llevar implícitas connotaciones artesanales. En cuanto a reportero gráfico… sería perfecta si se utiliza del mismo modo que hace cinco o seis décadas.
Si bien la calidad del fotoperiodismo actual no desmerece en absoluto, se me antoja deshumanizado y profiláctico. Nadie se la juega. Los artistas huyen de mostrar verdadera personalidad -que siempre confunden con originalidad- y los reporteros gráficos en ocasiones llegan a ser demasiado crudos.
Ahora bien, hay excepciones con mayúsculas en la actualidad. Yang Yan-kang, por ejemplo.
Todo este asunto me hace recordar una anécdota que me sucedió ayer mismo.
Tras escribir el artículo de disculpa por la ausencia literaria, enfilé a pié a hacia la caótica Shibuya. A mitad de camino me paré frente al escaparate de una minúscula galería de arte -¿por qué, entonces, la llaman galería?-. Un cuadro en concreto me llamó la atención. De repente, una voz amiga me animó a pasar.
Al principio me mostré algo reticente, en estos lugares suele respirarse cierto olor a negocio que asocio curiosamente a la imagen de un ano bien apretado y a una expresión facial de exquisitez y mercadotecnia.
En esta ocasión la cosa comenzó de modo diferente, pues el dueño del establecimiento me invitó amablemente a tomar asiento, preguntándome por mis quehaceres.
No sabría decir si vio en mí un potencial cliente, si reconoció mi oficio por la Rollei que llevaba en la mano o si simplemente le apetecía conversación. El caso es que de nuevo tuve esa extraña sensación, donde todo parece ir bien a juzgar por el trato mientras las entrañas me lanzan advertencias de malestar.
Le expliqué mis andanzas niponas y el objetivo de hacer un libro de fotografía con el resultado, a lo que me respondió: ¿Ha visto usted a los jóvenes que se mueven por Shibuya y Harajuku? ¿Qué le parece el estilo que muestran sus ropas?
Bueno, -le dije- ciertamente es una curiosa adaptación del estilo occidental, muy original, eso sí, aunque lamento el hecho de que en la mayoría de casos la moda esconde vacuidad y el frustrado intento de lucir personalidad apoyándose en una actitud superficial.
El señor cambió su expresión y, alzando un poco la voz sin perder la compostura, dijo con unas chiribitas en los ojos que lo figuraban abstraerse: ¿No le parece interesante? Gente de todo el mundo…
Me debatía en mi respuesta. ¿Le insistía en mi ausencia de interés por todo aquello que no afecta al alma o por contra corregía mi primera afirmación y la adaptaba a las circunstancias?
No quería mentir. Me cuesta mucho hacerlo por cuanto supone dar un paso atrás en la vía del samurai espiritual, de modo que concluí reconociendo la originalidad del asunto, omitiendo que para mí el concepto de originalidad carece de valor si no va asociado a nobles propósitos -prefiero una fotocopia de ‘El entierro del conde Orgaz’ a todas las obras de Piero Manzoni y Lucio Fontana juntas-.
De hecho, -añadí en favor de la verdad- ahora mismo me disponía a ir para allá y retratar a esos jóvenes.
Y eso mismo hice.
11:30 Museo metropolitano de fotografía de Tokyo



