Locura y sabiduría
Si el loco persistiera en su locura se volvería sabio.
Si el loco persistiera en su locura se volvería sabio.

Paseo en la playa Bogatell, Barcelona, 2004
© Roberto Marquino
La sombra es una bendición de la creación, toda una maestra de la vida. Yo la aprecio y sin embargo ahora no se lleva.
Las publicaciones de moda y los estudios de prestigio producen imágenes sin sombras para tratar de sublimar la materia a los ojos del durmiente consumidor.
19:00 Llíria, Valencia
Hace escasos minutos he tenido una revelación, una de las más importantes de mi vida -no es la primera vez que hago esta afirmación y el devenir acaba superando mi puja-. En este caso no se trata de una revelación sobre el destino sino que versa sobre la reafirmación de lo vivido como fuente de inspiración.
Nada en los últimos siete años ha sucedido por casualidad.
Desde que me decidí a procurar un estado de conciencia más elevado nada ha venido de modo gratuito pese a que en ocasiones haya podido parecerlo.
Así, de no haber sido robado en aquella pensión de mala muerte en Takadanobaba no habría interiorizado el hecho de que nadie puede pretender cambiar la vida de alguien si éste no lo pide, por más sanas que sean las intenciones.
De no ser por Joseph y Lisa -a los que conocí durante los fuegos artificiales de Yokohama y que ahora se encuentran entre mis mejores amigos- tampoco habría comprendido más allá de la simple afirmación aseverada como por inercia la importancia de cuidar el modo en que expreso mis propósitos para tratar de evitar confusiones -no del todo involuntarias, el miedo y su aliada la ignorancia tienen la culpa de ello- entre lo que pienso y el modo en que lo acabo diciendo.
Por no hablar del batacazo sentimental con Nanako. ¿Cómo si no habría aceptado al fin la verdadera definición del amor, que es algo que le encuentra a uno, sino tras proyectar mis deseos en la figura de una mujer que salvo el gozoso atractivo físico poco tenía que ver con ellos?
¿Y qué decir de mis propios pensamientos?
Nada lógico, simples corazonadas, pero cuando tras ellas se encuentra el trabajo interior y la confianza en las reglas ocultas de la vida todo acaba teniendo sentido, como hoy.
En estos momentos debo mucho dinero. No es casualidad que así sea. De no estar invirtiendo lo que no tengo en la producción del libro sobre el Japón que conocí no tendría la ocasión de crecer como alma bohemia. Igual que el mundo necesita de obreros, agricultores, maestros… también necesita de almas sensibles que traigan nuevas escenas que, aunque no vividas por el público, le aporte renovadas ilusiones con las que afrontar lo cotidiano. Y ése es mi trabajo, arte terapéutico, que diría el simpático Jodorowsky.
Sigo sin saber lo que será, pero ahora ya sé lo que no será. Y no será ni a través del martirio ni a través de la indolencia.
Dejaré que me muestren el camino maestros de la vida como Nanako, Joseph, Lisa y hasta el mismísimo ladronzuelo que fue mi compañero de cuarto en esa mostosa pensión de Takadanobaba.
18:00 Llíria, Valencia

El mercado de Budapest. Hungría, 2003
© Roberto Marquino

Predicador en speaker’s corner. Londres, 2004
© Roberto Marquino

Atardecer sobre el Douro. Vila Nova de Gaia, 2004
© Roberto Marquino
Estamos obsesionados con reproducir la realidad después de haberla experimentado. Tal vez porque a todos nos gusta revisar las vivencias, sacar conclusiones y hasta repetirlas si se puede, comprobando en la mayoría de casos aquello que se dice de que segundas partes nunca fueron buenas.
¿Quien sabe si el germen del fotógrafo se encuentra en esta extraña pulsión?
Por otra parte la copia de aquello que sucedió, siempre subjetiva y seccionada, invita a dejarse involucrar en el asunto. E inspira.
¿Por qué tanta insistencia en atrapar la realidad marchita?
Es un misterio que impide que las mentes ágiles se mueran de inanición. A este misterio han de rendir pleitesía poetas, pintores, fotógrafos y demás bohemios nada prácticos.
21:13 Llíria, Valencia

Pescadores en la desembocadura del Douro. Oporto, 2004
© Roberto Marquino
Un extraño miedo se ha apoderado de mí haciéndome creer que he perdido capacidad de expresión y habilidades sociales desde que regresé del Japón.
Sin embargo continúo en la vía del guerrero buscando en el interior la verdadera transmutación a través del disolvente universal que ahora recibo condensado en gotas de estalactita.
No aspiro a un ascetismo pero en este momento pueden más los libros y documentales que las copas y las risas, necesarias por otra parte en cuanto suponen la interacción con el otro de modo relajado, permitiéndonos ser nosotros mismos en el estado más básico. La conversación entre amigos desata el lenguaje inconsciente y pone a prueba los límites de la lógica cartesiana. Hay todo un submundo soterrado bajo las maneras y el trato entre verdaderos amigos, donde casi todo está permitido.
Y así pasan los días entre el estudio personal, la preparación del libro de fotografías tomadas en Japón y las cábalas sobre pagos atrasados que siempre aprietan pero no ahogan, aunque casi.
En breve recibiré el escáner que permitirá comenzar a digitalizar las cerca de dos mil imágenes que a ojo de buen cubero he contado. Si no disparé más no fue porque el lugar o las circunstancias no se prestaran a ello. Hay que buscar la respuesta en el presupuesto del que disponía, más bien escaso. En eso y en que nunca fui -como recuerda mi buen amigo Paco- hombre de ráfagas al aire en cantidad, sino de tiros certeros con revólver del 52.
21:30 Llíria, Valencia