31 de octubre de 2006
Esta mañana, conversando con mi padre sobre rituales arcaicos que han mutado a costumbres sociales, he llegado a las siguientes conclusiones:
1. El ser humano está en constante reclamo de atención.
2. Las palabras y gestos son el sucedáneo de los sentimientos.
3. El niño es un adulto en potencia, y el adulto es un niño al que la oxidación y las necesidades sociales han obligado a hacerse mayor.
21:00 Llíria, Valencia
31 de octubre de 2006
Somos lo que decimos que somos para aquellos que acabamos de conocer o a quienes no vemos con frecuencia.
Somos el producto de nuestros actos para aquellos que nos encontramos a menudo.
Cuando mentimos, ocultamos o maquillamos la verdad, en realidad éstas tretas sólo surten efecto en nosotros mismos, envileciéndonos y acostumbrándonos a llevar la máscara autoimpuesta.
Somos lo que pensamos, que decía Buda.
13:25 Llíria, Valencia
30 de octubre de 2006

Marina Onyshenko II. Feria Valencia, 2006
© Roberto Marquino
29 de octubre de 2006

Marina Onyshenko. Feria Valencia, 2006
© Roberto Marquino
26 de octubre de 2006

Alfonso. Feria Valencia, 2006
© Roberto Marquino
En la última feria en la que trabajé decidí satisfacer la curiosidad de mis compañeros por ver la vieja Rollei, llevándola conmigo al lugar donde de uvas a peras me gano unas perras en el puesto de atención al cliente, labor que me ha enseñado mucho sobre relaciones humanas.
Hasta puede que alguno de ustedes me haya visto por allí enfundado en un traje soterrando al osado fotógrafo de otros tiempos que ahora escribe estas líneas.
El primero de esta breve serie es Alfonso Calza, estudiante de arquitectura que comienza a apreciar la belleza del hormigón visto. Curiosamente en la Feria de Valencia nos vemos rodeado de él, sabe Dios si porque el arquitecto tratara de emular las creaciones de Tadao Ando o por falta de presupuesto.
Probablemente no habría realizado ni éste su retrato ni los de otros compañeros de no ser por la amable insistencia que Alfonso acompaña con ese punto de admiración confesa.
Dedicado a tí, Alfonso. El día de mañana nos tomaremos un chato que irá por cuando fuimos unos pelacañas.
1:52 Llíria, Valencia
23 de octubre de 2006
Hoy leo lo siguiente en un foro al que pertenezco:
Si siempre estás hiriendo a la gente y pensando la forma de aprovecharte de ellos…entonces, tu ‘mente espiritual’ se reduce a un tamaño no mayor que una nuez, que prácticamente no comprende nada. Y podría reducirse al tamaño de un guisante hasta desaparecer, si la ‘mente corporal’ (de supervivencia) se apodera de todo. En tal caso, perderías el espíritu por completo.
Así es como nos convertimos en personas muertas. Enseguida puedes distinguir a las personas muertas. Cuando estas personas miran a una mujer, sólo ven suciedad; cuando miran a otras personas, sólo ven maldad; cuando miran a un árbol, sólo ven madera y provecho, nunca belleza…
(Dicho Cherokee)
Son buenos tiempos para el cinismo, y muchos de nosotros hemos aprendido que la sensibilidad te hace débil ‘en un mundo competitivo’, te hace vulnerable. Pero curiosamente, eso sólo es así cuando lo que uno busca es imponerse a los demás. Por el contrario, si lo que uno busca es vivir en paz y lo más felizmente posible, sin ser una causa de desgracia para el mundo y tendiendo en la medida de lo posible la mano que a uno le gustaría le tendieran, entonces la sensibilidad es la sal de la tierra, la chispa que enciende todos los fuegos. Y su ausencia, la muerte en vida.
(Reflexión que Carlos -el miembro que ha compartido toda esta sabiduría con nosotros-, hace a posteriori en el contexto, que versaba sobre un documental más que interesante)
21 de octubre de 2006
Hoy, más de cara a la mañana que de madrugada, he tenido un sueño inquietante que me suponía en un erial rodeado de colinas rocosas. Me recuerdo allí sólo, y sin embargo y pese a la ausencia ‘física’ de personas, recuerdo a su vez que alguien me invitaba a abandonar el lugar menospreciándolo: aquello era un lugar salvaje e inhóspito que poco tenía que aportarnos.
Sin embargo yo insistía, que no, que en aquellas hendiduras que formaban covachas tras los matojos resecos se escondían grandes secretos. Y a una de esas cavernas que me iba ya mismo.
En su interior la estancia parecía más grande de lo que su abertura apuntaba. Una de las paredes mostraba una pintura rupestre de lo que parecía un objeto mecánico cubriendo la cabeza de un ser humano. Dos palabras apuntaban al aparato, indicando acaso las propiedades que era capaz de estimular: obediencia y fidelidad. Mientras, en el cielo, unos seres representados toscamente se mostraban satisfechos con aquella visión.
Rápidamente conjeturé que la escena mostraba un plan, bien realizado en tiempos inmemoriales y del cual éramos los resultados vivientes, bien frustrado y, por tanto, no exento de un nuevo intento de ser llevabo a cabo por parte de aquellos seres ajenos a este planeta.
De pronto los habitantes de otros mundos dejaron de parecerme interesantes. Recordé que si nosotros aquí en la Tierra no somos capaces de llevarnos bien, siendo que compartimos el mismo ADN, ¿qué terribles propósitos no serán capaces de llevar a cabo aquellos seres sin vínculos aparentes con nosotros?
Un terror cósmico me invadió por completo provocando esa clase de confusos despertares donde uno no sabe si está más allí que aquí, hibridando una realidad mixta.
16:56 LLíria, Valencia
21 de octubre de 2006

Palomas en Ikebukuro II. Tokyo, 2006
© Roberto Marquino
19 de octubre de 2006
Anoche, durante una especie de meditación inducida al dejarme llevar por una canción de corte nativo americano improvisada espontáneamente por el subconsciente, tuve la siguiente experiencia:
Estoy ante la visión cenital de una bestia, acaso un tigre o un jaguar. El animal está acostado en un claro de bosque. Veo la tierra oscura pero no los árboles, que no obstante presiento. Al mismo tiempo, y pese a la intensidad de la experiencia, me encuentro parcialmente lúcido en ese estado alterado de conciencia. Formulo en dirección al animal la siguiente pregunta:
¿Cómo puedo hacer para entrar más a menudo en ese mundo interior?
La imagen semitransparente de una figura ancianamente andrógina, mezcla de piel oscura y rasgos asiáticos, ligada a ese lugar con la fuerza de los chamanes, hace resonar las siguientes palabras en en mí -en la percepción del yo indivisible-:
Este universo es accesible en todo momento; está en ti, detrás de ese velo de incredulidad.
Poco después me embargó la emoción, devolviéndome al estado común, lo que me privó de continuar desvelando otros misterios. Presto como pude tomé las anotaciones pertinentes en forma casi de escritura automática.
17:42 Llíria, Valencia
11 de octubre de 2006

Palomas en Ikebukuro. Tokyo, 2006
© Roberto Marquino