Archivos de diciembre de 2006

30 de diciembre de 2006

La tempestad

Publicado en Diario, Fotografía por Roberto Marquino

La tempestad

La tempestad. Columbia Británica, 2005
© Roberto Marquino

La tempestad no avisa con demasiada antelación. Simplemente, viene, a veces cuando uno menos lo espera. Luego llueve por tiempo indeterminado, días, tal vez semanas…

La madera se humedece. Tiempo para meditar.

Y así transcurren los minutos, las horas, confundiéndose unos con otras al ritmo de las gotas percutiendo la lona, evocando recuerdos en el peor de los casos. Y cuando no, respiración, la nada, todo.

Sonidos del bosque, crepitares de ese atardecer prematuro que oscurece tanto la escena como los pensamientos, cuando éstos se escapan. Y cuando no, el alma inmortal regresa a la espesura, se sabe una con el cosmos. Sin lecciones ni palabras.

21:36 Llíria, Valencia

3 de diciembre de 2006

La playa del fin del mundo

Publicado en Diario, Fotografía por Roberto Marquino

Atardecer en la playa con cabo arbolado

Atardecer en la playa con cabo arbolado. Columbia Británica, 2005
© Roberto Marquino

A mis ojos era el fin del mundo, el verdadero finisterre, un sitio a medio camino entre el presente y, bien un pasado anterior a la civilización, bien un futuro post-apocalíptico donde la naturaleza volvía a regir la vida.

El viento y las olas del océano conformaban un mantra intemporal transmitiendo una sabiduría infusa, codificada acaso en la vibración de sus ondas, cuya facultad de sintonizar con lo invisible llegaba a sorprender.

Sentí haber llegado al paraíso, más hostil que el que prometen las religiones oficiales, y mucho menos poblado de mitologías.

¡Ahí sí, se podía decir aquello de ‘el hombre y la tierra’!

21:47 Llíria, Valencia

2 de diciembre de 2006

Anticipos de regresión

Publicado en Diario, Fotografía por Roberto Marquino

Atardecer en la playa con correlimos

Atardecer en la playa con correlimos. Columbia Británica, 2005
© Roberto Marquino

Nadie nos dijo que hacer o cómo actuar, así se rodó el documental.

Volvíamos a la tienda tras una larga exploración por la playa más extensa de la pequeña isla. Fue una tarde mística, al menos para mí. No hubiese regresado al campamento.

Cada puesta de sol era una invitación a desaparecer para siempre entre sus arreboles, a morir simbólicamente bañado en la límpida luz que a esas horas perdía su potencia cegadora, amplificando su poder de evocación.

Supuse lugares imposibles allí donde el cielo y la tierra confunden sus límites, visualmente superpuestos por la rudimentaria mente humana, que aspira a conocerlo todo. Y allí trasportado, me imaginé fundirme con Dios el día que vista mi último traje.

Nadie podía imaginar que poco tiempo después sobreviviríamos a un naufragio traicionero que nos llevó a subsistir durante cuatro días en condiciones lamentables.

2:00 Llíria, Valencia