Hoy recibo por correo electrónico una curiosidad que me hace llegar mi amigo el aprendiz:
- No se si lo has visto o lo sabías, pero estoy seguro que si no, te vas a llevar una buena sorpresa. Solo dura un segundo, concrétamente en el 1:46 del vídeo.
Se trata de la bailarina de butoh, que aparece en la fotografía que di a conocer en su momento como ‘El clímax de la bailarina‘.
Casi me da un jamacuco pensando que eran los de Magnum, que se juntan hoy en Nueva York.
Tengo días y días. Hoy es uno de esos en los que albergo esperanzas. Ya saben, lo digo por lo de Magnum, que está al caer. También hoy, cosas de la vida, interiorizo y comprendo al fin algo que todos conocemos por encima: no es sano compararse con nadie para justificar los propios esfuerzos.
Me lo prometí en Japón, hace casi tres años, pero el ego me la juega con cierta frecuencia… Y es que hay veces que algunos llegan donde llegan no sólo por la calidad de sus obras, sino por el duro camino recorrido.
Pocas veces, puede que sea una excepción, pero para los que merezcan la crítica ya está el silencio, que es la más dura de ellas.
Hoy siento una quietud especial, la misma que un corredor de cien metros décimas antes de cruzar la meta junto a otro sin saber si ha logrado sobrepasarle, la misma que acaso experimente el paracaidista al dar el primer paso en el vacío, la misma que el enamorado momentos antes de abrir la carta que responde a su pregunta, la misma que…
…otro tiene un temperamento perezoso, y si no lucha por vencer su inercia será, ya desde el principio, un hombre derrotado con una inseguridad grande gravitando sobre él.
Últimamente me cuesta mucho ponerme a escribir, que no escribir en sí mismo. Es decir, siempre que consigo traspasar el umbral de los mil filtros capitaneados por la vagancia y el miedo logro pequeñas producciones que en conjunto, a mi entender, el tiempo acaba dando sentido.
Es curioso -acaso triste o incluso maravilloso por cuanto de reparador hay en ello- cómo se transmutan los sentimientos en el continuo presente. Han pasado cuatro semanas, casi un mes, desde lo de Arnaud y en efecto, como predije en medio del llanto, mi amigo ha pasado a ser un icono imperecedero en el imaginario personal, eterno muchacho de veinticinco años que me acompañará hasta el final de los días.
Arnaud me ha hecho retomar aquellas oraciones que se quedaron en la selva canadiense, donde sentí una comunión inexplicablemente real con el cosmos -con el océano y el bosque en particular-, una conexión mágica y reveladora que hoy echo de menos.
Sigo dejando pasar las imágenes cada noche al ritmo de la respiración, decúbito supino, conectando frecuentemente con lo inefable convertido en espectador de un pase siempre original, de compleja descripción en ocasiones, simple y arcano en otras, siempre evocador de nuevas sensaciones que al final, por mucho que inspiren o revelen, deben ser confrontadas con el sol de la mañana, el humo y las calles, creando con esta confusión un misterioso acertijo sobre lo auténtico, si es que hubiere tal cosa en este mundo.
Se acumulan los años, algunas respuestas banales y, como aquel, sólo sé que no sé nada.
Hace unos años escribí algo inspirado en una de las escenas finales de Blade Runner, con música de fondo -decir ‘de fondo’ se me hace difícil, diré ‘complementaria’ en pos de la justicia- de Vangelis.
Aquella escena fue sólo una escusa para llevar la narración a un campo que en aquel instante me interesaba particularmente: la música, verdadero y casi único arte abstracto legítimo entre los comúnmente aceptados.
Sin embargo quedó pendiente un análisis de aquella escena cinematográfica tan reveladora, aquella escena que llevaba a uno a preguntarse quién estaba más vivo de los dos, si el replicante o el humano, rescatando por añadidura la gran pregunta de la humanidad: ¿de dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos?
Hoy, en un intento de trascender la descripción literaria, soy del parecer que merece la pena mostrarla sin más, y que cada cual saque sus propias conclusiones. En el más simple de los niveles, cuanto menos, es posible darse al goce estético. Aquellos que arriesguen un poco más hallarán un microcosmos contenido en aquella secuencia cuyo monólogo, según la leyenda, improvisó Rutger Hauer en la ya mítica película.
No tengo intención de que me pongan la medalla de oro de los premios Robert Capa. No, porque es todo una mentira. Nunca me interesó hacer estética de la guerra. Acaso el propio Capa alcanzó en ello un nivel nunca superado. Y sin mostrar el lado más morboso. Pero Capa sólo ha habido uno.
Es necesario que alguien informe, claro. Me quito el sombrero ante aquellos que se la juegan por estar en la masacre y contarlo. Habrá de todo allí, reporteros con pelotas del tamaño de las del caballo de Espartero y mercenarios del ego, camisa planchada al regreso ansiando el galardón de turno.
Ya digo, de todo. Pero lo que de verdad me interesa es la paz, todo aquello que los medios no cuentan, entretenidos en asustar al ciudadano medio para que los gobiernos a los que generalmente apoyan puedan justificar los presupuestos militares del momento.