Sincero y noble
En la editorial Pie Books han rechazado el proyecto de hacer un libro con mi colección de negativos de la España de preguerra.
No es que tenga mucho que ver con mi trabajo personal -quizá no de un modo directo- pero sí indirectamente, ya que esas fotografías realizadas por aficionados recogen la naturalidad y la común expresión de las gentes simples (en el mejor de los sentidos) que aquella época pudo brindar. Son fotografías verdaderas, pues no engañan ni lo pretenden.
Por tanto, sí me afecta la decisión del señor capitalista que ha juzgado improductivas esas pequeñas joyas de tiempos pre-consumistas.
En otro orden de cosas, finalicé el libro de Breton, que renovó mi vocabulario onírico y me inspiró nuevas metas, despertando algunas inquietudes que desde hace tiempo mantenía en estado de hibernación.
También el libro de Claude Chabrol “Cómo se hace una película” me ha gustado en cuanto que sintetiza con cierto humor y de un modo muy personal el podrido mundo del cine que clama a gritos un poco de creatividad más alla de los efectos especiales y la sobreactuación.
Con él he aprendido el poder de la dramaturgia, que se ha unido a mi muy segura visión del encuadre y la importacia de la fotografía. Y la economía de medios… ¿Qué sería de mí sin la economía de medios?
Tal vez un mercachifle más, lleno de pretenciosidades volátiles.
LLevo un tiempo dándole vueltas al asunto de filmar un documental sincero y noble. Tengo muchas ideas al respecto, pero no diré nada hasta que tenga claro el asunto para no marear más la perdiz. ¡Bastantes desgracias me ha traído ya el oficio que me escogió por culpa de los tiempos de negrura creativa y la primacía del papel tosco y el metal redondo!
¿Acaso sólo yo puedo reconocer el valor del diamante cubierto de barro?
Necesitan, según me hacen saber, que mi nombre gane en prestigio para lanzarse a publicar mis fotografías. Y eso lo dicen casi todas las editoras que he visitado, lo cual es causa de paradoja pues si nadie prende fuego a la mecha el cohete no sale nunca.
Y añado: ¿Qué tiene que ver mi nombre en todo esto? ¿Acaso no es la providencia la que me brinda esos instantes únicos que, lejos de elegirlos, se me imponen bajo un dictado universal?
Lo he repetido hasta la saciedad pero como las escuelas ya no dan importancia a las humanidades se forman personas deshumanizadas que sólo conocen la ecuación donde la X, que es la obra, ha de ser igual a $ o a € -que actualmente goza de mejor prestigio-.
¡A Dios clamo un nuevo renacimiento de las artes!
¡Benditos aquellos tiempos donde las artes no gozaban de tanto prestigio y se las consideraba parte de la artesanía!
¡Cuantos de aquellos que gustan de llamarse artistas, adoradores del vil metal, abandonarían esta profesión si no ganasen más que lo justo para vivir!
No pocos, afirmo.
Esperaré a mejor viento para alzar las velas. Entre tanto no cesaré en el empeño por comprender estos tiempos de confusión que me ha tocado vivir a través de las lentes de la cámara, cual eterno vouyeur que se cuestiona cuanto le rodea a la par que goza con ello.
23:15 Meguro. Tokio




Jacob dijo:
Estas palabras tuyas: “Y añado: ¿Qué tiene que ver mi nombre en todo esto?” me han hecho sonreír. :D
Estoy tan acostumbrado a darme importancia a mí mismo, en vez de a lo que hago, que al final dejo de preocuparme por hacer algo que realmente valore, que contribuya a mi formación espiritual y que logre transmitir mis pensamientos o sentimientos a los demás.
¿O acaso es necesario un nombre para transmitir algo?
Con tantas cosas en la cabeza se hace difícil encontrar algo sincero que no te de miedo comunicar. Porque tan obsesionado estoy conmigo mismo que pienso que cualquier obra que realice me apuntará acusadoramente y los ojos de todos se volverán hacia mí. Como si yo tuviera alguna importancia, y lo importante no fuese la obra. Como si mi nombre tuviera importancia.
Es cierto lo que dices. ¿Qué tiene que ver mi nombre en todo esto?
1 de octubre de 2004 a las 10:12