¿De quién se trata?

Autorretrato. Granada, 2004
© Roberto Marquino
El fotógrafo de provincias es imprevisible. Va por la vida sin planes y se rige casi en exclusiva por las vibraciones de la madre providencia. Cuando tiene aprovecha y cuando no espera a mejor ocasión, sabedor de la verdad oculta tras aquello de ‘Dios aprieta, pero no ahoga’.
Escucha, pero hace caso omiso a las palabras ‘imposible‘ y ‘destino’ -no hay nada imposible y el destino lo fabricamos a diario con nuestras decisiones-. No camina en línea recta, prefiriendo los rodeos por cuanto éstos tienen que enseñar.
Como buen guerrero espiritual tiene presente el día de su muerte para recordarle en vida que cada momento puede ser el último, y obra por tanto en consecuencia. Hace su hogar allí donde coloca sus pertrechos -entre ellos la vieja Rolleiflex de 1952-.
El dinero no puede comprar sus decisiones. Tiene tiempo y está de su parte. No espera nada de nadie, agradeciendo cuanto llega por ser más de lo previsto.
Es un peregrino, un samurai errante con su propio concepto de justicia, distinta de la que el sistema de valores dominante pretende para su propio beneficio.
Busca la amistad de las personas sin importarle lo que éstas puedan poseer o proveer. Reconoce las incontables equivocaciones cometidas y les agradece haber sido las mejores maestras que encontró en el camino. Pide perdón a todos a cuantos ofendió gratuitamente y lamenta no haber ignorado a cuantos le ofendieron del mismo modo.
Por contra, cree en la defensa propia y en el honor, lo cual le impide poner la otra mejilla cuando le abofetean la primera. Suscribe la igualdad de derechos pero no que todos somos iguales y, por tanto, celebra las diferencias que el mundo globalizado se encarga de uniformar en favor del consumismo.
Considera que no hay mejor jerarquía que la vieja meritocracia y clama por su retorno cada noche, antes de acostarse.
Y por último, no es hombre religioso, que sí espiritual, seguro por tanto de que tras la desprestigiada muerte se encuentra cualquier cosa menos lo que las religiones -viciadas por las culturas que les dieron forma- nos quieren hacer pasar por verdad en favor de su propia supervivencia, pues de tales mentiras se sustentan.



